Una visita por la expo, de ida y vuelta / Rosa García Payo (*)

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30

Sep

Una visita por la expo, de ida y vuelta / Rosa García Payo (*)

Cuando entro en una galería, supongo que a todos nos pasa, no sé por donde empezar. En el caso de Pedro Moya la intensidad del color con la que están teñidos sus cuadros me obliga sin querer a mirar con cierta ansiedad las distintas paredes de la sala. Noto que hay algo que me atrae hacia el fondo, sin reparar más decido dejarme llevar hasta esa especie de queja o de alarido; el hierro que ha incrustado Pedro en la tela ha dejado al descubierto quizás un desvarío de algún momento difícil que pasó el autor, o así lo imagino; leo el nombre de la obra, se llama “Delirium”. Vuelvo a mirar y encuentro entonces reflejados mis miedos. Qué poderosa belleza que puede plasmar lo que cada uno es capaz de mirar. Pienso si Pedro es parecido a mi; probablemente no, o no del todo. Pero sigo mi periplo por la sala y tengo la sospecha que ya no estoy sola, que el autor viene conmigo, que todos esos que están por aquí se están apropiando del mismo botín: No es solo belleza, no son solo emociones, ni siquiera un puñados de sentimientos. Lo que la obra de Pedro esparce por la sala es la vida que tenemos o soñamos, no hay otra.
Ahora me acuerdo y me pregunto por qué están así dispuestas, por qué no reparé antes en esa escalera, él la ha llamado “Viaje a ninguna parte”. Algunos títulos de sus obras me producen escalofríos, aunque me gusta también comprobar que Pedro devuelve la dignidad a la materia, lo mismo en un tiempo que el hombre la ha perdido. Esos objetos que recaba de no sé ya dónde, las viejas planchas, la herrumbre de los cerrojos, las llaves sin dueño, aquello que fue de uso se queda ahí ya para siempre en sus cuadros. Le agradezco que los haya encontrado, que me los haya traído y que les haya otorgado la gracia del espíritu.
Seguí dejándome llevar por la atracción del color, cruzando la sala sin orden ni concierto. ¿Pueden los espejos ser negros? En el imaginario de Pedro Moya sí. Sus espejos no reflejan, absorben turbaciones. La luna en cambio, en otro de sus cuadros, se ha quedado atrapada y reverbera en el asfalto; afortunadamente, aunque nos desasosiega nos da esperanza. Encima de una mesa encuentro el Tratado del Desamparo dispuesto como un gran códice, abierto apetece tocarlo, pasar sus páginas. Creo que el pintor ha hecho de nuestra orfandad un objeto litúrgico, como hacen también las religiones. Si dispusiera de tiempo podría pasar horas mirándolo.
Estoy cayendo en la cuenta de cómo, aunque no sé cuándo, había empezado a adentrarme en los detalles de sus obras. Me manejaba ya bien en el espacio y no me importaba que alguna de ellas me observara por la espalda. Al fin y al cabo notaba que te dejaban entrar y salir de ti misma sin permiso. Comprendí que marcharse iba a ser un problema, se rompería la magia, entonces decidí cargar con las alas de Ícaro y pillar de la entrada, repleta de instrucciones para navegantes, alguna valiosa muestra. Es fácil adueñarse de la obra de Pedro, sus heridas sangran de la misma forma.
Qué decir tiene que la obra completa, por más que quisiera llevarme a “Ícaro arrepentido”- para mí la más desvalida- permanece en la calle Cervantes hasta el  30 de septiembre. Si os pasáis seguro que encontraréis otras historias encerradas, distintas a la mía. También es posible que con vuestra presencia queden liberadas, seguro que le gustaría al autor. Así es la vida, sueñen.

(*) Rosa García Payo es periodista de larga trayectoria. Además de su habitual trabajo en la Administración, repasa a  través de las redes sociales los eventos artísticos más sobresalientes en Madrid. En la fotografía junto a una de las obras del artista, Ícaro arrepentido.
La exposición de Pedro Moya, sobre la que escribe la autora del texto, se clausura esta noche en la Galería Siluro.

 

Posted by Jesús Pozo